martes, 17 de febrero de 2015

Pereira y sus nuevos liderazgos

Pereira, Risaralda, Colombia

Ahora, que la ciudad de #Pereira, #Colombia, está corroída por una clase dirigente que piensa absolutamente en su beneficio personal, en resolver sus asuntos privados, y que deja "al garete", a su "suerte" a los más de medio millón de habitantes.  Que de manera cínica y torpe ha venido entregando sus más importantes bienes públicos (construidos por la unidad y el civismo de sus habitantes desde antaño), como lo han sido las Empresas de Servicios Públicos Domiciliarios de Pereira (Léanse: Empresa de Energía de Pereira, Telefónica de Pereira, etc.).  Dirigencia que insiste en desmantelar y entregar los sectores económicos estratégicos de la ciudad (Aeropuerto Matecaña, Aguas y Aguas de Pereira). Dirigencia que propicia el desempleo y el sub-empleo en la ciudad permitiéndole a compañías extranjeras como las grandes superficies (Jumbo, Falabella, Ara, etc.) hacer sus negocios durante varios años exentas de impuestos y sin necesidad de adquirir los productos que comercializan de los empresarios locales (micros, pequeños y medianos) alcanzando así durante más de 28 períodos continuos de medición (DANE) la nada honrosa primera posición en desempleo nacional; asuntos todos estos que contrastan con el anhelo de miles de ciudadanos por salvar de la hecatombe económica, social y política a la ciudad.

No contentos con todos los disparates descritos, ahora basados en un incremento desmedido de los avalúos de la ciudad (IGAC) y con el ánimo descarado y cruel de incrementar el impuesto de valorización para muchos sectores, aprobaron, a espaldas de la ciudadanía, un nuevo impuesto de valorización que abusa de la condición económica y financiera de la inmensa mayoría de sus habitantes. 

Llegó la hora, ciudadanos y ciudadanas de Pereira, que aman de verdad a la ciudad, que comprenden hacia dónde debe ir orientada la economía de la ciudad, que propugnan por un comportamiento ético y moral de quienes la administran, de cambiar de verdad a quienes históricamente han tenido el poder y el control político de la bella "Perla del Otún"; la ciudad que viera nacer al poeta Luis Carlos González Mejía y a ilustres seres humanos como el médico Santiago Londoño Londoño, al presidente y gestor de la Sociedad de Mejoras Públicas Rafael Cuartas Gaviria y a un hombre que aunque no nació en la ciudad la amó y se comprometió con ella: el ilustre abogado y co-fundador de la Universidad Tecnológica de Pereira, #UTP, Jorge Roa Martínez.

Invito a mis lectores, seguidores y amigos a escuchar un breve reportaje dado recientemente a un medio de la ciudad (Diario El Politicón de Risaralda), sobre algunas precisiones de la vida de Pereira y de la dinámica partidista en Risaralda.

https://www.youtube.com/watch?v=iBHCQaWc4SI


Un abrazo a tod@s.


lunes, 29 de septiembre de 2014

Agua, vida y justicia


Vista de la Laguna del Otún (Base de la riqueza hídrica de Pereira)

Agua, vida y justicia

Desde hace algún tiempo venimos asistiendo a una terrible realidad: el agua, que ha sido desde antaño una riqueza natural para el país y para Pereira, cuyas principales reservas son hoy la Laguna del Otún y el contexto del Parque Nacional de los Nevados, se han vuelto para algunos, nacionales y extranjeros, botín o “joya de la corona”.

Colombia se digna de ser, hoy día, considerada la vigésima cuarta (24ª) potencia hídrica1 y la sexta (6ª) potencia en volumen de agua dulce del mundo2, pero paradójicamente mueren de sed miles de animales en Casanare y La Guajira3.

Si el agua es vida, como todos lo sabemos, fundamental en nuestra alimentación, salud, aseo personal y hasta como fuente de energía ¿Por qué permitir que unos cuántos la vuelvan mercancía?

Ningún pueblo civilizado y culto del planeta pondría en riesgo su existencia, su tranquilidad, dejando que oscuros intereses volvieran un recurso tan valioso para la vida y para la equidad, como lo es el agua, un malsano negocio, una vergonzosa operación comercial.

El Río Otún, cuyo nombre se presume procede de deidades africanas4, ha sido y será fuente de vida y de energía para los habitantes de nuestra ciudad y de gran parte del territorio anexo (léase: municipios vecinos).

No es posible darnos el lujo de permitir que una Ley, una Ordenanza, un Acuerdo o cualquier otro tipo de argucia, lo entregue a manos privadas para que se transforme en dador de tristezas, de muerte. 

Vaya una invitación cordial para todos a exigir de quienes nos gobiernan protección y cuidado de tan valiosa reserva natural y de tan preciado Patrimonio Público, de los pereiranos en particular y los risaraldenses en general.


¡NO, A LA VENTA DE AGUAS Y AGUAS DE PEREIRA!

¡NO, A LA VULNERACION DE LA CUENCA DEL RIO OTUN!


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(4) La nueva historia de Pereira: Fundación (Zuluaga, 2005, pp. 31-32)





Esp. Jorge Isaac López López
@jorgeisaac342
http://plantierra.blogspot.com
(c) 2014




viernes, 29 de agosto de 2014

El avión que sonríe


El avión que sonríe  (Cuento)

Era tarde ya. Las nubes del final del día ocultaban los últimos haces de luz.  Cerca a una ventana, Juan, el niño de la casa, sentía el ruido poderoso del último pájaro mecánico. Así les decía Doña Lola, su abuelita, a los aviones.  A Juan le gustaban los aviones. Imaginaba que en uno de ellos vendría, llena de maletas y regalos, su progenitora, aquella que un día muy lejano de sí, se había ido de la casa con su nuevo amor, en busca de mejor fortuna.

Su abuela Lola, era una matrona, una señora respetada y querida por todos;  servicial y solidaria.  Cuando se enteraba de la dificultad de algún vecino, enviaba a Juan a invitar el vecino a su casa.

Un día, doña Lola le dijo a Juan: “Vaya mijo, dígale a doña Tere, que venga a desayunar”. Doña Tere, había enviudado recientemente.  Su compañero, un jubilado de una empresa muy importante de la región, la había dejado sin un centavo, sin herencia.  Pues al morir, descubrió ella, tenía esposa e hijos por otras latitudes y en su testamento solo los nombró a ellos.
Doña Lola, conocedora de la situación, sintió enojo e impotencia por la señora Tere y quiso ayudarla mientras ella, muy joven todavía, rehacía su vida. Juan, seguía pendiente de los aviones. La casa de Juan era de puro bahareque; en sus estructuras podía evidenciarse parte de la colonización antioqueña: guadua y esterilla, boñiga y unas rudimentarias formas de construir.
Una mañana, muy temprano, Juan ve con alborozo como un avión pasa muy cerca del techo de su casa y grita con ahínco: “¡Mamá, mamá…por fin vienes!”. Juan pensó que después de tanto tiempo, su madre vendría allí, en ese avión, y traería consigo muchos regalos e historias que contar. Feliz por su percepción fue y despertó a doña Lola y le susurró al oído: “abuela, hoy sí llegó mi mamá.  Complácela con un desayuno bien sabroso; que tenga calentao”.  La abuela sonrió y le siguió la corriente al niño: “Está bien mijo.  Es posible que hoy sí”.  Ella, por un momento, pensó con algo de nostalgia, que no era posible que su hija viniese en ese aparato, ya que en una carta reciente, ella le manifestaba claramente que tardaría un tiempo en regresar, puesto que su nuevo esposo había empezado a trabajar en un destacado proyecto y que se veía iba a durar.   Para calmar la euforia de Juan, a ella se le ocurrió invitar a almorzar a Tere. Y pedirle a ella el favor de hacer que el niño pensara en otras cosas distintas a los aviones.   Dicho y hecho. Juan fue a casa de Tere y le llevó el mensaje de la invitación.  Tere, triste y resignada, aceptó complacida.  Pasadas unas horas, la abuela logró que Juan olvidara su visión de la mañana y se dedicara a jugar un rato con la viuda de la cuadra.  La noche se acercaba otra vez y con ella la tristeza de Juan, que veía, a través de su ventana, cómo otro día pasaba sin el retorno de su madre. Unas cuantas lágrimas, silenciosas, brotaron de sus ojos de niño. Sabía él, que su abuela mitigaba su dolor con un trato especial y con actividades distractoras.  Pero no era Juan de esos infantes fáciles de convencer.  Juan era tozudo. Su misma abuela lo era.  Siempre decía: “Lo que uno no haga por sí mismo, nadie lo hará por uno”. Y seguía: “En la vida, mijo, hay que insistir en lo que queremos, para que se dé”.   Él insistía en que su mamá, debía llegar para agosto, pues cumplía años en ese mes. Y decidió, dejar pasar varios aviones sin emocionarse demasiado.   Agosto empezó y con él, los madrugones de Juan, la ventana, Tere y los desayunos con calentao de la abuela.

Doña Lola, había decidido un día invitar a Tere a quedarse en su casa, mientras el amor volviera a sonreirle.  A Juan no le gustó mucho al principio, pues la abuela dedicaba gran parte del tiempo para él, en atender las conversaciones con Tere, pero poco a poco se acostumbró, pues Tere era muy acomedida y laboriosa: hacía las camas, organizaba pisos y baños y jugaba con él por ratos.  La cocina, sí era zona exclusiva de la abuela; nadie más que ella podría preparar los deliciosos fríjoles con coles de Juan: robustos, de aroma inconfundible, de sabor exquisito.

Tere conoció en la casa de una amiga a un señor, dizque extranjero, le comentaba la abuela a Juan. “Y el tipo le prometió que vendría pronto por ella para llevársela a su país”.    Juan volvió a sentirse triste.  Pues ahora que estaba encariñándose con su nueva amiga, ya también se iba a ir… Y muy seguramente en avión, como su madre, ya que ese país era muy lejos. 

Agosto llegó.  Juan  ya estaba en la escuela y debía madrugar mucho más y alejarse, por supuesto, de su amiga muda: la ventana. 

Le escuchó decir un día a uno de sus profesores, que cuando los padres se tienen que ir en busca de fortuna, se demoran en regresar.  Ésta revelación, escueta y cruel, causó una explosión de sentimientos en el corazón de Juan.  Lloró todo el día, en silencio.  Y no quiso comer a pesar que la abuela había cocido para él sus sabrosos fríjoles.  La abuela ya estaba algo enferma, pues había empezado a sufrir de los riñones y aquélla dolencia se le estaba complicando.  Tere ya casi no iba a dormir a la casa; pues se la pasaba donde sus otras amigas a la espera de noticias de su enamorado lejano.  Un día cercano a diciembre, Juan se acostó muy cansado.  Se durmió enseguida y empezó a soñar.  En su sueño, Juan veía cómo los aviones expresaban sentimientos.  Vio él, en el sueño, pasar un avión sonriente sobre el techo de su casa y de una de sus ventanillas, la mano agitada de su madre.  Juan se llenó de dicha y sintió una emoción indescriptible.  ¡Por fin se había dado, su madre había vuelto! El sueño se prolongó mucho.  En la mañana, al despertar, se dio cuenta que la casa estaba llena de vecinos, que sus tíos lloraban y temblaban mientras consumían café;  el tinto mañanero de la abuela.

Juan sintió curiosidad por aquella escena y quiso ir al cuarto de su abuela, pero una tía suya lo atajó en el camino y le dijo: “Tienes que ser fuerte Juancito, ella te quiso mucho y desde el cielo te va a cuidar y a guiar”.  A Juan le pareció todo un sueño.  Salió a la calle y entendió que estaba despierto.  Los carros pasaban, las personas iban y venían.  Los aviones volaban por las nubes.  Regresó a casa inundado por dentro.  Sus lágrimas se agolparon en sus ojos y su llanto no salía de su pecho.  Al observar el panorama encontró a Tere y su nuevo amor, juntos y llorando.  En su recorrido ¡Oh, sorpresa! Vio la figura especial y soñada de su madre;  vestida de negro y con sus ojos rojos y ojerosos de tanto llorar.  No podía creerlo.  Su mamá había vuelto después de tanta espera y de tantos aviones observados y él no la había visto llegar. ¡Era inaudito! A Juan le pareció que el mundo se acababa para él.  Había regresado su madre, sí, pero muy cambiada, fría y triste...Y se había ido su abuela; su cuidadora, su amiga, su confidente. Ya los aviones no importaban. Ahora, Juan, sólo quería volver a soñar.





Esp. Jorge Isaac López López
jorgeisaac342@yahoo.es
http://plantierra.blogspot.com
@jorgeisaac342
© 2014

Algunos estadounidenses son estúpidos...